
Esta semana mi pequeño bebé, IMPULSA, ha cumplido 3 años, y me hace muy feliz darme cuenta de que hoy vivo de lo que más me gusta: ayudar a las personas y a las empresas desde una vertiente humana.
Si tengo que definir cómo han sido estos 3 años, diré: ¡miedo e ilusión! Estas dos emociones me han acompañado en todo momento. A veces con matices. A veces con invitados como la frustración, la autorrealización, el desánimo, la valentía…
El salto
La decisión de dejar donde trabajaba, la comodidad de una estabilidad económica y la vida tal como la conocía para dedicarme a una profesión que me apasionaba, sin tener ni idea de si me daría para vivir o si, simplemente, se me daría bien, no fue fácil. Estaba decidida a hacer el cambio, pero siempre había un acontecimiento o una excusa para aplazarlo. Entonces fue cuando la vida me ayudó a saltar. Cada vez todo se volvía más incómodo y me sentía más a disgusto, hasta que pesó más buscar mi bienestar que la estabilidad.
Y es curioso: yo, que llevo más de quince años ayudando a empresas a decidir con números, tuve que aprender que la decisión más importante de mi vida no se podía calcular.
No he estado sola
Y no me refiero a toda la red de personas que me ha ido acompañando durante este tiempo, a quienes estaré profundamente agradecida toda la vida.
Me refiero al síndrome del impostor, que ha estado a mi lado en todo momento. Daba igual ver los resultados positivos en mis clientes, cómo los empresarios salían adelante o la mejor gestión emocional de mis coachees… no me sentía preparada (y todavía hoy a menudo me lo cuestiono). Aun así, la ilusión por el proyecto que tengo en mente era más fuerte que cualquier miedo camuflado.
Tres años después
Hoy puedo asegurar que fue la decisión acertada. Tres años de crecimiento personal y profesional. Tres años teniendo paciencia. Lidiando entre la creación de mi propia empresa y una carga familiar del pasado que todavía arrastro (esto queda para otro capítulo). Aprendiendo que lo más importante pasa por mi propia gestión emocional. Que saber gestionar mis emociones no pasa por reprimirlas, sino por aprender a sostenerlas y decidir cómo reacciono.
Así que, si te encuentras ante una decisión, sigue tu corazón a pesar del miedo que puedas tener. Porque no hay fracasos, sino lecciones que te ayudan a crecer.
¿Y tú, qué decisión llevas tiempo aplazando?